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Ucrania le da un golpe letal al pacto entre Trump y Putin

2026-11-02 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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Por Ignacio Montes De Oca

Ucrania vuelve a golpear a las refinerías rusas y responde a las presiones de Trump en el tramo final de la campaña de medio término. El triángulo político entre Kyiv, Washington y Moscú se tensa al poner en perspectiva los hechos que rodean a la ofensiva renovada de los drones ucranianos

Comencemos por la noticia más impactante: Ucrania golpeó en tres noches a tres de las mayores refinerías rusas con sus drones y en un solo fin de semana afectó al 10% de la producción de combustible del Kremlin. Las plantas atacadas fueron:

  • NORSI / Kstovo (Lukoil), con una capacidad de procesado de 17 millones de toneladas métricas al año. Es la cuarta refinería más grande de toda Rusia y produce por sí sola el 11% de la gasolina de todo el país.
  • Novokuibyshevsk (Rosneft): procesa 8.8 millones de toneladas métricas al año. Este complejo estratégico ubicado en la región de Samara se especializa en combustible diésel y combustible de aviación para las fuerzas armadas.
  • Bashneft-Novoil (Ufa): capacidad de 7.5 millones de toneladas métricas al año. Forma parte del megacomplejo de refinado de la región de Bashkortostán, enfocado en gasolinas de alto octanaje.

Para entender la magnitud del ataque, vamos a suponer que las tres plantas fueran una sola super refinería y ver el perjuicio conjunto que sufre Rusia en unas pocas horas al reiniciarse el ataque ucraniano tras dos semanas de acatar una tregua impuesta por Trump.

En conjunto, Ucrania acaba de afectar la capacidad de refinado de 33,3 millones de toneladas anuales, un tonelaje diario de 666.000 barriles diarios de procesamiento y el 10,2 % del total anual de refinado de Rusia.

Este daño es desigual; en Novokuybyshevsk se dañaron las unidades de destilación primaria y quedó fuera de servicio a largo plazo. La de NORSI/Kstovo perdió sus torres principales de destilación tras el ataque de más de 100 drones y su operación fue detenida hasta nuevo aviso. Y la de Bashneft-Novoil opera con capacidad limitada tras perder su unidad de catálisis y, en consecuencia, la posibilidad de generar combustible de alto octanaje.

El punto está en la capacidad rusa para producir combustibles para su mercado interno y luego para satisfacer el acuerdo que firmaron Trump y Putin.

Tomando en cuenta la alta especialización de cada planta, las tres refinerías afectadas en esta última oleada suman aproximadamente entre el 15,5% y el 16% de la producción total de gasolina en Rusia.

Moscú ya reparó plantas golpeadas antes y probablemente lo haga de nuevo. Pero cada reparación cuesta semanas y recursos, y la reiteración de los ataques (Kstovo fue atacada más de una vez este año) convierte la capacidad rusa en una variable que el Kremlin ya no controla. Para un acuerdo que depende de excedentes exportables, esa incertidumbre basta.

Pero si añadimos el daño del fin de semana a las parálisis previas que Ucrania provocó en otras plantas clave a lo largo de este año (como la refinería de Omsk y la de Ryazan), el porcentaje total de capacidad de gasolina rusa que ha sido saboteada o forzada a operar en niveles mínimos supera el 35% a nivel nacional.

Es precisamente este déficit acumulado del tercio de su producción, lo que explica por qué Rusia pasó de ser un exportador histórico, a tener que importar 120.000 toneladas métricas de gasolina desde La India para evitar un colapso total en sus estaciones de servicio.

Pero, además, conjuntamente, estas tres plantas producen más del 30% de toda la gasolina de alta calidad que consumen los ciudadanos rusos y el combustible diésel y de aviación esencial que mueve a los tanques y aviones de las Fuerzas Armadas en el frente.

Allí reside uno de los argumentos clave de Ucrania: los ataques son defensivos en la medida que afectan la capacidad logística del Kremlin para sostener su ofensiva en el frente, o el que usa para los bombarderos que lanzan sus misiles contra las ciudades ucranianas.

Esa es la lectura política obligada porque mientras Trump forzaba a Ucrania a cesar sus ataques, Putin nunca dejo de atacar a las instalaciones energéticas ucranianas ni a sus ciudades.

De acuerdo con las verificaciones de la Misión de Vigilancia de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ucrania (HRMMU) y el Ministerio de Defensa ucraniano, durante el lapso de la tregua, Rusia lanzó 220 misiles balísticos, entre 1.100 y 1.300 drones y un aproximado de 900 bombas planeadoras, la mayoría de estas últimas sobre zonas residenciales cercanas al frente como Járkov, Sumy y Jerson.

La intensidad fue tal que la ONU documentó que solo la capital, Kyiv, sufrió alertas y bombardeos reales durante 22 de los 30 días de ese ciclo. El saldo fue tremendo: 328 muertes y 2.105 heridos entre los civiles ucranianos.

Durante una de las noches del periodo de tregua (entre el 6 y 7 de octubre), el impacto de un solo misil de crucero combinado con drones en la localidad de Pryluky (región de Cherníhiv) segó la vida de 22 civiles e hirió a otros 45 en cuestión de minutos.

En parte esas muertes involucran a los EE. UU. y la decisión de Trump. El corte de Starshield/Starlink afectó la capacidad de la defensa aérea ucraniana para detener a los drones a reacción rusos.

Mientras tanto, Zelensky tuvo que denunciar que la alerta temprana contra ataques que entregaba EE. UU. había sido suspendida, generando una mayor letalidad de los proyectiles rusos al impedir que sonaran las alarmas para que la población civil tome resguardo. EE. UU. tuvo que recular en ambas medidas ante la indignación pública y las reacciones internas en un ambiente ya caldeado por sus preferencias cada vez más ostentosas hacia Rusia y su líder.

Ahora retrocedió a medias con la entrega de los Patriot a Ucrania. Zelensky también tuvo que salir a la palestra publica para revelar que el departamento de defensa estaba reteniendo las entregas de misiles antiaéreos en un momento crítico y que esos proyectiles ya habían sido pagados por el sistema PURL financiado por Europa.

Las encuestas en EE. UU. hicieron el resto del trabajo. Una encuesta de YouGov de octubre indica que el 66% de los estadounidenses simpatiza con Ucrania y que solo el 3% lo hace con Rusia.  El resultado: Trump aceptó entregarle 500 Patriot PAC 3 por un valor de 2.100 millones de dólares… pero después de 2030.

Kyiv ahora propone que la Casa Blanca autorice a los países de la OTAN el “adelanto” de Patriot en los arsenales europeos a cuenta de los que va a recibir más adelante.  Necesita cubrir las necesidades inmediatas, pero Washington aun no respondió a la propuesta. Para entender la urgencia ucraniana: EE. UU. envía o autoriza la entrega a Ucrania de 12 misiles Patriot al mes, mientras que Rusia dispara esa misma cantidad en una sola noche.

El 15 de octubre, Zelensky avisó que “hemos tenido suficiente” y que “Se acabó” en una entrevista con el Financial Times. Tras una quincena de espera, quedó claro que Trump solo le exigía a Ucrania que frenara sus ataques, mientras se mostraba impotente para lograr que su, ahora socio energético, cumpliera con la tregua.

Hay que recordar que, tras su llamada con Putin del 9 de octubre, Trump anunció que Rusia entregaría más de 300.000 toneladas de diésel de inmediato, 500.000 en noviembre y un millón más después, y otros tres millones “según el estado de sus refinerías de diésel”. Sumado, son unos 4,8 millones de toneladas, unos 35 millones de barriles. Repartidos en los seis meses de la Licencia General 135 (hasta el 7 de abril de 2027), equivalen a unos 190.000 o 200.000 barriles diarios. Es ese volumen el que Rusia necesita sacar de refinerías que ahora están golpeadas, y el propio anuncio de Trump ya admitía que podía no cumplirse.

La parálisis total de la refinería de Novokuybyshevsk, sumada al daño crítico en NORSI y Bashneft, recortó de golpe 320.000 barriles diarios de diésel ruso, lo que borró por completo el excedente exportable de 300.000 barriles que Rusia había prometido a Estados Unidos y dejó al mercado intern

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