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Canadá se arrima a Europa y Trump promete represalias

2026-10-08 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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Canadá se arrima a Europa y Trump promete represalias

Ignacio Montes de Oca

hace 6 horas

12 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca

Canadá se está acercando a Europa como nunca y Donald Trump ya respondió con una amenaza: si Bruselas convierte ese acercamiento en una alianza que considera que puede perjudicar a Estados Unidos, habrá represalias comerciales contra la Unión Europea.

El episodio podría parecer una nueva disputa arancelaria, pero en realidad revela algo mucho más profundo. Por primera vez en décadas, Ottawa está comenzando a construir alternativas concretas frente a la dependencia económica, tecnológica y militar que mantiene con Washington. Y Europa, que también busca reducir sus propias vulnerabilidades, acaba de abrirle una puerta inédita.

La propuesta fue formulada por Ursula von der Leyen en Estrasburgo, durante su discurso sobre el estado de la Unión Europea, con el primer ministro canadiense Mark Carney presente. La presidenta de la Comisión Europea planteó que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la UE. La denominación no existe actualmente en los tratados europeos y su forma jurídica todavía deberá ser definida, por lo que no equivale a una adhesión ni a una incorporación al mercado único.

Pero el contenido político es inequívoco: Bruselas y Ottawa quieren llevar su relación mucho más allá del actual acuerdo comercial y construir una alianza que incluya comercio, energía, minerales críticos, inteligencia artificial, tecnología, defensa, servicios financieros y seguridad estratégica.

La reacción de Trump fue inmediata. Camino a un acto en Carolina del Norte, calificó la iniciativa europea como un movimiento hostil y advirtió que respondería con aranceles severos contra los 27 países de la Unión Europea si interpretaba que el acercamiento con Canadá buscaba perjudicar a Estados Unidos.

La amenaza se suma a una escalada previa de gravámenes sobre sectores sensibles —autos, autopartes, acero, aluminio y bienes industriales— y convierte una disputa comercial en un conflicto político dentro del propio bloque occidental. Y Washington está descubriendo que la presión económica que utiliza para disciplinar a sus aliados también puede empujarlos a buscar alternativas.

El trasfondo explica la intensidad del choque. Canadá y Estados Unidos sostienen una de las relaciones económicas más densas del planeta: cadenas automotrices compartidas, infraestructura energética integrada, servicios financieros conectados y una frontera por la que circulan bienes esenciales para ambos lados. Según la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), en 2025 el comercio bilateral de bienes y servicios entre ambos países alcanzó unos 872.300 millones de dólares, con Canadá como uno de los principales destinos de las exportaciones estadounidenses. Esa interdependencia, sin embargo, empezó a tensarse cuando la Casa Blanca endureció las barreras comerciales y convirtió al vecino del norte en un blanco de presión política.

Por eso la estrategia de Ottawa no consiste en abandonar el mercado estadounidense, sino en reducir la posibilidad de que Washington convierta esa dependencia en presión política. Canadá intenta construir una segunda y, eventualmente, una tercera vía comercial: no busca reemplazar a Estados Unidos, sino evitar que sea su única opción.

La invitación europea enfureció a Trump porque altera un equilibrio que Washington daba por descontado. Para Ottawa, el acercamiento a Bruselas funciona como una póliza de seguro: no elimina la interdependencia con Estados Unidos, pero reduce la capacidad de la Casa Blanca de usar aranceles, compras públicas, energía o defensa como instrumentos de coerción.

La dimensión comercial es el primer dato decisivo. Un arancel no es solo un impuesto de frontera: en una economía integrada encarece insumos, desordena cadenas productivas y redistribuye costos entre empresas, consumidores y regiones enteras. La disputa comenzó con gravámenes estadounidenses sobre el acero y el aluminio canadienses, siguió con represalias de Ottawa por miles de millones de dólares y empujó a Bruselas a coordinar medidas de castigo contra productos estadounidenses. La amenaza de excluir a proveedores canadienses de las compras públicas federales agrega otra capa de presión, porque ese mercado mueve cientos de miles de millones de dólares anuales.

Para entender por qué Canadá busca ampliar su margen económico hacia Europa conviene mirar el tamaño de la relación con Estados Unidos. De acuerdo con los datos de la USTR, las empresas estadounidenses vendieron a Canadá bienes por más de 333.000 millones de dólares en 2025, mientras que las importaciones desde Canadá sumaron casi 382.000 millones. El déficit comercial estadounidense en bienes fue de unos 48.300 millones, pero la propia estructura del intercambio muestra que buena parte de esa diferencia está concentrada en el sector energético, no en una supuesta pérdida generalizada de competitividad.

La energía es el núcleo de esa dependencia mutua. La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) identifica a Canadá como la mayor fuente externa de petróleo crudo y productos energéticos para el mercado estadounidense. En 2025, Canadá aportó alrededor del 63% del petróleo crudo importado por Estados Unidos, casi la totalidad del gas natural importado, cerca del 98% de los líquidos de gas natural y más del 80% de la electricidad comprada en el exterior. Para Canadá, a su vez, las exportaciones de hidrocarburos hacia Estados Unidos representaron más de 157.000 millones de dólares canadienses y alrededor de una quinta parte de todas sus exportaciones de bienes. Dicho de otro modo: la guerra arancelaria no golpea a un sector marginal, sino a uno de los engranajes centrales de la seguridad energética norteamericana.

La alternativa europea no reemplaza de inmediato ese volumen, pero ofrece escala, previsibilidad y diversificación. Según la Comisión Europea y el Consejo de la Unión Europea, desde la aplicación provisional del CETA en 2017, la Unión Europea y Canadá eliminaron el 98% de sus aranceles y llevaron el comercio bilateral de bienes y servicios a más de 130.000 millones de euros en 2025, con un crecimiento superior al 80% respecto de 2016. La UE ya es el segundo socio comercial de Canadá y, al mismo tiempo, un mercado de casi 450 millones de consumidores con capacidad de absorber exportaciones canadienses de energía, minerales críticos, alimentos, servicios profesionales y tecnología.

El CETA explica por qué Bruselas y Ottawa pueden moverse con rapidez. La Dirección General de Comercio de la Comisión Europea señala que ese acuerdo redujo aranceles, simplificó trámites, abrió mercados de servicios y compras públicas, y creó reglas previsibles para empresas e inversores. Una asociación más profunda permitiría ir más allá del comercio tradicional e incorporar sectores regulados de alta tecnología, como inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica, biotecnología y minerales críticos. También facilitaría la participación canadiense en cadenas de suministro europeas que buscan reducir su exposición a Estados Unidos y China.

La relación también le ofrece algo a Europa. Canadá posee enormes reservas de materias primas estratégicas, energía, uranio, alimentos y minerales críticos, además de capacidades industriales, tecnológicas y aeroespaciales útiles para una Europa que intenta reducir sus dependencias externas. La guerra de Rusia contra Ucrania aceleró el rearme europeo y obligó a Bruselas a mirar con mayor atención la seguridad de sus cadenas de suministro. Canadá puede convertirse así en algo más que un mercado adicional: en un proveedor y socio estratégico. No se trata simplemente de que Europa le abra una puerta a Ottawa; ambos tienen algo que necesitan del otro.

Es por eso que la defensa es el segundo gran eje del realin

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