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El bumerán energético: La ansiedad petrolera que dejó a oscuras a Venezuela

2026-09-30 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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El bumerán energético: La ansiedad petrolera que dejó a oscuras a Venezuela

Ignacio Montes de Oca

hace 5 horas

11 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca

La prisa de la industria petrolera venezolana por sacar más crudo de la tierra se convirtió en una trampa perfecta. Cada barril adicional que logran producir le roba directamente horas de luz a los hogares del país. Lo que está ocurriendo es una pelea desigual por una red eléctrica que está rota y colapsada.

Como la cantidad de energía disponible está estancada y no da abasto para todos, el sistema funciona como un juego de suma cero: si la industria petrolera sube, las ciudades se apagan. Este desastre no es un accidente, sino la consecuencia directa de una total falta de inversión previa por parte del Estado y de las empresas privadas. Y ahora se suma la priorización de los objetivos de la dictadura chavista y sus socios internos y externos.

La ansiedad por conseguir dinero rápido hizo que se encendieran taladros y bombas industriales sin haber construido antes las plantas eléctricas necesarias para alimentarlos, marchando a un ritmo irresponsable que la infraestructura nacional simplemente no puede aguantar.

Para entender el problema de forma muy sencilla, hay que mirar los números reales de la red. El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) tiene motores y centrales que, en teoría, podrían dar 36.000 megavatios (MW). Sin embargo, según datos de Monitor Ciudad, la red real hoy se encuentra en un estado de vulnerabilidad crítica. La generación realmente disponible ronda 12.000 a 13.000 MW, es decir entre 33 % y 36 % de lo instalado.

El problema es que cuando la población enciende la luz en sus casas. La demanda nacional llegó a picos de 15.579 MW en mayo, 15.625–15.726 MW en agosto y 16.030 MW el 18 de septiembre de 2026, el máximo en nueve años, según el Ministerio de Energía Eléctrica.

En horas pico, la brecha entre demanda y oferta estable se sitúa entre unos 2.000 y 4.000 MW. El 8 de mayo, por ejemplo, la demanda llegó a 15.579 MW y el sistema solo puso a disposición 11.993 MW (déficit de 3.586 MW). Tras las fallas de Guri en agosto-septiembre, especialistas hablaban de un hueco superior a 2.500 MW con demanda de 15.625 MW y oferta por debajo de 13.000 MW.

Imaginemos que la luz del país es un pastel que solo alcanza para doce personas, pero hay dieciséis invitadas; si la industria petrolera llega de golpe y exige comerse tres pedazos enteros, esos pedazos se los tienen que quitar a la fuerza a las familias de las ciudades. Y lo hace bajo la misma administración que redujo a menos de la mitad la cantidad de porciones originales.

Aquí es donde se ve el grave error técnico de no haber planificado. Para sacar el petróleo de los pozos maduros de Venezuela, que son viejos y pesados, se necesitan equipos que consumen cantidades enormes de electricidad las 24 horas del día.

José Gregorio Rodríguez, presidente de la principal cúpula comercial del país, Consecomercio, advirtió sobre este límite físico durante una asamblea del sector: “La ambición de alcanzar una producción de entre 4 y 5 millones de barriles diarios requiere, obligatoriamente, un soporte energético robusto que actualmente presenta serias limitaciones. Sin un sistema eléctrico confiable, las metas de producción y los servicios conexos a la industria se ven comprometidos”.

De acuerdo con reportes de la agencia Bloomberg, los registros históricos de la industria revelan que más del 95% de los pozos de Chevron en la Faja Petrolífera del Orinoco dependen exclusivamente de la red eléctrica nacional operada por Corpoelec. La investigación periodística destaca que menos del 5% de las plataformas e instalaciones de extracción en esa zona estratégica operan con generadores propios autónomos. Esta debilidad quedó en evidencia en abril, cuando fallas en el SEN paralizaron simultáneamente 827 pozos de producción de crudo operados en las empresas mixtas de Chevron, lo que provocó caídas inmediatas en el bombeo diario.

Los inviernos calurosos e improvisación marcaron la pauta. En lugar de construir centrales termoeléctricas independientes para blindar la actividad petrolera de antemano, las operaciones se conectaron directamente a la red nacional. El ingeniero y consultor de sistemas eléctricos Juan Carlos Rodríguez explicó en televisión nacional que el enorme déficit estructural de generación está ocasionando hoy “racionamientos severos de entre 8 y 12 horas diarias en gran parte del país”.

Cuando los taladros se conectan a una subestación saturada, la carga industrial empuja al sistema al límite. En Zulia, Falcón y Monagas se ha denunciado que, ante ese riesgo, Corpoelec prioriza los circuitos petroleros y raciona los residenciales para que PDVSA y sus socios no detengan el bombeo. Es un patrón reportado por comunidades e ingenieros; no hay un acta pública por cada interruptor, pero el resultado visible es el mismo: el pueblo se apaga para que el taladro no pare.

Esta desigual balanza de energía se vuelve todavía más injusta cuando se analiza quiénes manejan el negocio. Según investigaciones publicadas por la cadena internacional BBC, las operaciones de ciertas empresas privadas reciben un trato de prioridad absoluta por parte del Estado.

El caso más polémico es el del empresario Alejandro Betancourt, conocido por liderar al grupo de inversores denominados “bolichicos”, quien pasó de estar investigado en el exterior a convertirse en una pieza clave del sector energético nacional a través de su firma North American Blue Energy Partners.

Esta corporación recibió el control de 17 campos petroleros. El problema es que, para reactivar semejante cantidad de yacimientos maduros, la empresa planea desplegar más de 50 taladros de perforación. Documentos internos de NABEP, revelados por The Wall Street Journal y El Nacional, proyectan 6 taladros a finales de 2026, 12 más en 2027 y luego dos al mes hasta llegar a 52 equipos. La firma ya habría adquirido 23 taladros de Helmerich & Payne, Precision Drilling y Patterson-UTI.

Un taladro de perforación de 1 MW consume, en promedio, lo mismo que 1.100 hogares venezolanos o que tres transformadores del tamaño del que Corpoelec instaló en el Hospital Clínico de Maracaibo. Cincuenta taladros de ese porte suman unos 50 MW: el equivalente a dejar sin luz estable a 55.000 casas, o a una ciudad del tamaño de Cabimas o Valera en hora pico residencial. Y el taladro es solo uno de los aparatos de un yacimiento que devora electricidad.

Multiplicado por decenas de equipos, la carga industrial adicional compite por una red que por su obsolescencia apenas cubre la demanda residencial. El analista Aníbal Sánchez estima que la industria petrolera requiere alrededor de 1.600 MW solo para operaciones básicas.

Al ser un socio comercial prioritario y de alto nivel, los operadores de Corpoelec protegen los circuitos que van directo a sus pozos petroleros. En términos sencillos: si la subestación local no da abasto para mandarle luz al pueblo y mantener encendidos los taladros de la empresa de Betancourt al mismo tiempo, los cables de los ciudadanos se desconectan.

Aquí viene un dilema: si se duplica la producción petrolera como se proponen en Caracas y Washington, se duplicará también el consumo eléctrico. En el juego de suma cero, eso implica tomar el doble del consumo del resto de la economía. Para evitarlo, es necesario aumentar la oferta de energía y eso es algo que no puede suceder ni en el corto plazo ni sin inversión estatal, bloqueada por el esquema de regalías petroleras entregadas a cuentagotas, ni por los privados, que difícilmente acudan a invertir a un país que no puede proveerles de un servicio tan básico como es la energía que necesitan para instalarse y comenzar a producir. O que proveen de electricidad a industrias con un criterio de preferencia política.

Y puede pensarse en que construyan sus propios generadore

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