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El reloj electoral de Trump y la tercera ofensiva contra Irán

2026-10-22 · Pucará Defensa
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La cuenta regresiva hacia una tercera guerra con Irán tiene un día marcado, y lo fija el calendario político de Estados Unidos. El 3 de noviembre, cuando los estadounidenses renueven el Congreso, expira la promesa con la que Donald Trump mantiene por ahora a sus bombarderos en tierra.

Todo lo que se mueve alrededor señala hacia el mismo lado: portaaviones en camino, planes de ataque que se filtran a los medios, un estrecho casi clausurado y un arsenal nuclear que nadie puede inspeccionar. La tercera ofensiva de gran escala contra Irán en poco más de un año dejó de ser una hipótesis remota y pasó a ser el escenario más probable para las próximas semanas.

Vale la pena repasar cómo se llegó hasta acá. En junio de 2025, Israel dio inicio a la Guerra de los Doce Días y Washington se plegó bombardeando tres instalaciones nucleares iraníes. El 28 de febrero, los dos aliados atacaron en conjunto y mataron al líder supremo, Alí Jamenei. Un alto el fuego negociado por Pakistán funcionó desde el 8 de abril, hasta que se rompió el 8 de julio, cuando Irán golpeó embarcaciones en Ormuz. Desde ese momento el conflicto no se cerró: según Reuters, Estados Unidos e Irán están formalmente en guerra desde aquel 28 de febrero.

La historia reciente deja un patrón difícil de pasar por alto: las dos grandes ofensivas comenzaron en plena negociación. De acuerdo con la cronología de Al Jazeera, Israel atacó el 13 de junio de 2025 mientras Washington y Teherán seguían conversando. Y los bombardeos del 28 de febrero de 2026 llegaron dos días después de la tercera ronda de diálogo en Ginebra, con mediación de Omán, cuyo canciller aseguró que Irán aceptaba no acumular uranio. Ese viernes, Trump afirmó que Teherán no quería ceder lo que Washington pedía.

Por eso, las gestiones actuales de Pakistán y Omán se pueden leer de dos maneras: como una salida posible o, igual que antes, como el preludio de otro ataque.

En Washington, lo que se discute ahora es el próximo paso. The New York Times informó que Trump le solicitó al Pentágono nuevas alternativas, entre ellas tres días de bombardeos intensos contra la capacidad de misiles y drones de la Guardia Revolucionaria, su infraestructura energética y sus centros de mando. CNN sumó que los planes contemplan emplear la GBU-43/B, la bomba no nuclear más grande del arsenal estadounidense, apodada la madre de todas las bombas, contra blancos nucleares y energéticos. No se informó ninguna decisión, aunque el 13 de octubre el propio Trump dijo que la adoptaría “muy pronto”.

Conviene, no obstante, tomar ese anuncio con cautela. La GBU-43 es un arma de efecto en superficie, pensada para arrasar un área abierta y no para penetrar instalaciones enterradas a gran profundidad, un trabajo para el que Estados Unidos cuenta con otras municiones, como la GBU-57 que utilizó contra Fordow en junio de 2025. La filtración puede interpretarse como parte de una guerra psicológica: intimida a Teherán y muestra fuerza ante la opinión pública estadounidense. Esa faceta del relato obliga a leer con prudencia los discursos de ambos bandos.

¿Por qué esperar? Porque Trump quiere llegar a las urnas sin una guerra abierta en los noticieros. El 8 de octubre se comprometió a no atacar antes de las legislativas y acusó a Irán de redoblar los ataques a buques para influir en la elección. Según los cierres de ICE, el Brent terminó el 13 de octubre en 105,69 dólares, un 46% por encima de los 72,48 con que había cerrado el 27 de febrero. Y tres de cada cuatro estadounidenses, según Reuters/Ipsos en mayo, creen que su gobierno tiene alguna responsabilidad en la suba de la gasolina.

Pero esa promesa tiene sus matices. Un día después de hacerla, Trump le dijo a Rudaw que no descarta atacar antes del 3 de noviembre: “Veremos”. A Time le señaló que es “posible” intensificar los bombardeos después de los comicios, y el 9 de septiembre, según Reuters, aseguró que la guerra acabaría de inmediato tras la elección porque Irán no puede resistir más.

Los números explican la prudencia. Una encuesta de Reuters/Ipsos de agosto mostró que la aprobación de Trump quedó clavada en 33%, igual que su mínimo histórico, que solo el 31% de los estadounidenses apoya la acción militar contra Irán y que el 83% prevé una guerra larga. En julio, Ipsos encontró que el 68% piensa que el conflicto no vale la pena, y CBS News/YouGov, que el 78% quiere que termine ya. Con ese respaldo, Trump tiene razones para evitar otro estallido antes de votar, pero también para buscar un desenlace que pueda vender como triunfo.

El despliegue militar sigue el mismo cronómetro. Según The Wall Street Journal, el portaaviones USS Theodore Roosevelt, que partió de San Diego el 27 de septiembre, llegará a la región a fines de noviembre junto con el grupo anfibio Makin Island, que lleva unos 2.000 infantes de marina de la 13.ª Unidad Expedicionaria. Con ellos se agregarán entre 9.000 y 10.000 efectivos a los más de 50.000 que Estados Unidos ya tiene en Medio Oriente. Actualmente hay dos portaaviones en la zona, el George H. W. Bush y el George Washington, que relevó al Abraham Lincoln después de más de 260 días seguidos en el mar. Que el tercero arribe justo después del escrutinio difícilmente sea casual.

Existe, con todo, un techo material. El CSIS calculó en julio que a Estados Unidos le quedaban menos de 827 interceptores Patriot y menos de 278 THAAD, de unos 2.200 y 452 que tenía antes de la guerra, y fuentes consultadas por CNN dijeron que esos números se acercaban a los internos del gobierno. Según Asia Times, la Oficina Presupuestaria del Congreso estima que se consumió entre la mitad y dos tercios del inventario de defensa antimisiles desde junio de 2025 y que reponerlo puede llevar al menos cinco años. La Casa Blanca afirma tener “más municiones que nadie en el mundo”, pero los contratos de urgencia para reponerlas y el recorte de envíos a Ucrania con el argumento de arsenales agotados la contradicen.

Ese desgaste puede impedir una guerra larga, aunque no necesariamente una campaña corta y concentrada como la que se baraja. ABC News recogió la opinión de analistas según los cuales Washington puede escalar a una guerra de gran escala si así lo decide.

Mientras tanto, Ormuz se ahoga. Antes del conflicto cruzaban por ese paso unos 85 buques comerciales por día, según el promedio de IMF PortWatch; el 4 de octubre pasaron cuatro y el 11, apenas dos. La Casa Blanca sostiene que el petróleo sigue circulando gracias a las escoltas navales y a los trasbordos nocturnos de crudo en el golfo de Omán, y Trump llegó a mencionar 22 millones de barriles en una sola noche. Pero el conteo satelital de embarcaciones muestra otra cosa: un bloqueo de hecho sostenido por el miedo.

Ese miedo se nutre de ataques reales. El centro británico UKMTO registra una veintena de incidentes en lo que va de octubre, y al menos diez barcos fueron alcanzados desde el domingo 11, el ritmo más alto de toda la guerra para un período comparable, según Irán International. Dos terminaron hundidos.

Funcionarios iraníes le contaron a Reuters que ampliarán los ataques más allá del estrecho para mantener alto el precio del crudo antes de las elecciones estadounidenses. Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, advirtió por la televisión estatal que sus fuerzas golpean en promedio cinco “barcos contrabandistas” cada noche.

El bloqueo a los puertos iraníes, en cambio, sí rinde. La semana pasada un funcionario del Tesoro dijo que Irán dejó de cargar y descargar petróleo y que el crudo varado fuera del perímetro bajó a unos 20 millones de barriles. Trump aseguró que Irán no cargó crudo en septiembre. Pero el bloqueo no reabre Ormuz ni neutraliza misiles. Cabe preguntarse por qué Washington alista bombas si la presión económica funciona, y la respuesta más verosímil es que asfixiar no es lo mismo que ganar: la Casa Blanca necesita un resultado para exhibir.

Irán también tiene apuro, aunque por otros motivos. El 13 de octubre,

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