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La reanudación de las conversaciones tripartitas que anunció Donald Trump avanza entre aceptaciones de Kyiv y misiles rusos, mientras el único asunto que define la guerra, el territorio, sigue sin moverse.
Ya no importa tanto saber si habrá otra reunión como para qué sirve. Y se afianza la sospecha de que la intervención de Trump y su equipo es menos una mediación que una sociedad destinada a forzar la capitulación de Ucrania.
Hay negociaciones que persiguen un acuerdo y otras que persiguen tiempo, y desde afuera cuesta diferenciarlas hasta que el calendario las deja en evidencia. La nueva ronda que impulsa Estados Unidos entre Rusia y Ucrania luce como las primeras y presenta los síntomas de las segundas: encuentros seguidos, fotos, canjes y promesas de continuar el diálogo, junto con una exigencia central que permanece idéntica. Moscú reclama que Ucrania le ceda lo que Kyiv no puede ni quiere entregar. Mientras esa contradicción siga en pie, cualquier ronda corre el riesgo de ser otro trámite o, directamente, una pantomima.
El punto de choque está identificado hace tiempo. AFP lo sintetiza así: la demanda rusa de que las tropas ucranianas abandonen todo el Donbás fue siempre el principal obstáculo, con o sin mediación estadounidense. En la vereda opuesta está lo que Ucrania planteó esta semana en Oslo: Zelenski le pidió a Witkoff garantías de seguridad “sólidas” para después de la guerra. Esa propuesta jamás obtuvo respuesta, porque hasta ahora Trump esquivó cualquier compromiso militar, directo o indirecto, y no aceptó que Ucrania quede cubierta por el artículo 5 de la OTAN. El presidente ucraniano, además, reiteró que considera inaceptable discutir el futuro de su país sin estar presente.
El segundo reclamo respondió al anuncio que Trump hizo el 9 de octubre de una cumbre con Putin y con el presidente chino, Xi Jinping, para negociar el final de la guerra. Según reveló The Wall Street Journal, Yuri Ushakov, principal asesor de política exterior del Kremlin, contó que el encuentro se prepara en Shenzhen y que Washington propone hacerlo cuanto antes. Ucrania no figura entre los participantes.
Lo más verosímil es que esa reunión apunte a darle legitimidad internacional a un acuerdo que nace con fallas de origen: se negocia con quien reclama lo que la contraparte no puede ceder, con un ausente y con un árbitro que tiene intereses propios.
El respaldo de Pekín funcionaría como un sello. Y como Kyiv queda fuera de la mesa donde se avala el resultado, el efecto concreto sería otro: más presión sobre Ucrania, que debería aceptar o enfrentarse a un acuerdo ya bendecido por Washington, Moscú y Pekín. Zelenski parece haberlo previsto: según AP, insiste en que solo una cumbre de líderes puede destrabar el estancamiento.
Dejando de lado el espadeo político, Trump halló en esa cumbre otra manera de apretar a Zelenski para que acepte una solución que se cocina a sus espaldas. Que dos potencias, Rusia y Estados Unidos, presionen a un país ya es mucho; sumar a China lleva esa presión a un extremo perverso, considerando que Ucrania fue invadida por Rusia por segunda vez.
Pero no es la única presión. La demora deliberada en entregar los Patriot que Europa ya pagó, el recorte de prestaciones del sistema satelital que Ucrania emplea en sus operaciones defensivas y ofensivas dentro de su territorio y el aviso intermitente de ataques aéreos rusos integran el repertorio de herramientas de coacción de Trump. Un mediador capaz de abrir o cerrar esa canilla no es un árbitro: es parte de la ecuación. Una vez más, no hay señales de un apremio equivalente sobre Moscú y, si lo hubo, con la Ley Graham Trump se ocupó de desactivarlo.
Lo sucedido el 21 y el 22 de octubre sirve de muestra de la parcialidad del supuesto mediador. Ese miércoles, en San Petersburgo, Putin recibió a Steve Witkoff y le entregó a un preso: Stephen Hubbard, maestro jubilado de Michigan de 74 años, capturado en Ucrania en 2022 y condenado en Moscú como “mercenario”. El vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, aseguró que la liberación obedeció a razones humanitarias, según NBC News. Witkoff le agradeció a Putin frente a las cámaras, de acuerdo con NPR, y The Washington Post señaló que Trump había solicitado personalmente la liberación la semana anterior.
El gesto tiene un destinatario, y no es Kyiv. Hubbard fue condenado por pelear junto a Ucrania, y su libertad se le entrega a Trump como prueba de buena voluntad sin que el territorio ni las garantías avancen un milímetro. Según NBC, ese mismo día Rusia informó la detención de un ciudadano alemán acusado de servir en el ejército ucraniano. El rótulo “humanitario” duró pocas horas. Aun así, cumplió su objetivo de publicidad política.
Hay allí un olvido inquietante por lo que revela: Ucrania condiciona un acuerdo a que Rusia libere a los 20.000 niños ucranianos que secuestró, un hecho que motivó la orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra Putin. Witkoff pasó por alto ese pedido al calificar a Putin de “humanitario”, y la Casa Blanca no lo incluyó en sus declaraciones públicas sobre las negociaciones encomendadas a su enviado en Moscú, aunque Zelenski lo fijó como condición sine qua non. Trump entorpece así un acuerdo al dejar afuera de la mesa un asunto que, sea humanitario o político, no puede descartarse.
Quizá, en nombre de la realpolitik, algunos fuera de Ucrania lo vean como “sensiblería”. Para la sociedad ucraniana es una exigencia tan importante como la soberanía territorial. Pero para Trump, la liberación de un rehén y el silencio sobre otros 20.000 bastan para justificar el levantamiento parcial de sanciones a Rusia, llenar sus arcas con unos 4.000 millones de dólares adicionales y acusar a Zelenski de no querer que la guerra se detenga.
La próxima ronda entre Ucrania y Rusia ya tiene fecha. Putin aceptó reanudarlas “en principio”, informó Ushakov, según AP. De acuerdo con Libertad Digital, el asesor dijo que el foco será “construir un sistema de seguridad para Rusia y Ucrania” una vez terminado el conflicto. La fórmula no menciona el territorio, que es justamente lo que decide la guerra.
Hasta ahí podría pensarse que Rusia exhibe un brote de voluntad negociadora. Pero alcanza con leer el resto de las declaraciones del gobierno ruso. El 21 de octubre, tras revisar las propuestas ucranianas que Witkoff trajo desde Oslo, Ushakov afirmó: “Estos matices, por así decirlo, no nos satisfacen del todo”. Según Infobae, además tildó de poca sustancia las ideas europeas y ucranianas. Más terminante fue el portavoz de la presidencia rusa, Dmitri Peskov, que dijo el 14 de octubre: “Buscamos un acuerdo de paz duradero y completo, no un cese al fuego temporal”.
Moscú ya había declarado en agosto que “no aceptará la opción de congelar el conflicto”, con el argumento de que hay que “abordar las causas” de la guerra. La lógica del Kremlin es tanto jurídica como militar: una congelación consolida el control ruso de facto sobre el territorio sin el reconocimiento de jure que Putin necesita para legitimar sus anexiones. Para Moscú, eso es peor que seguir combatiendo, y su negociador jefe, Vladímir Medinski, ya lo advirtió: Rusia está dispuesta a pelear “los años que sean necesarios” para alcanzar sus metas.
Horas después de anunciada la “tregua inminente” llegó la otra mitad de la respuesta rusa. Según EFE, un bombardeo ruso con misiles balísticos dejó al menos 15 heridos en Kyiv, dos de ellos menores de 15 años, según el alcalde, Vitali Klitschko. Los reportes ucranianos sumaron hasta siete muertos en Sumy y Járkov. Trump, pese a todo, insiste en que nunca se estuvo tan cerca de terminar la guerra, en culpar a Zelenski por la demora de un acuerdo y en presentar a Putin como un interlocutor colaborativo. La distancia entre ese discurso y lo que dijo e hizo el Kremlin, es el mejor retrato del estado real de las negociaciones.
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La reanudación de las conversaciones tripartitas que anunció Donald Trump avanza entre aceptaciones de Kyiv y misiles rusos, mientras el único asunto
Resumen neutral
La reanudación de las conversaciones tripartitas que anunció Donald Trump avanza entre aceptaciones de Kyiv y misiles rusos, mientras el único asunto que define la guerra, el territorio, sigue sin moverse. Ya no importa tanto saber si habrá otra reunión como para qué sirve. Y se