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¿A quién le pertenece Crimea?

2026-09-25 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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¿A quién le pertenece Crimea?

Ignacio Montes de Oca

hace 5 horas

12 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca

El 24 de mayo de 2016, una cámara de seguridad en Bakhchysarai grabó cómo varios hombres detenían a Ervin Ibragimov en la calle, lo obligaban a subir a otro auto y desaparecían con él. Ibragimov tenía poco más de 30 años, era dirigente tártaro de Crimea y nunca volvió a aparecer. Diez años después, su familia sigue sin respuesta. Esa escena resume mejor que cualquier discurso lo que significa la ocupación rusa de Crimea para el pueblo que la considera su patria histórica.

Hay territorios que pueden cambiar de bandera, de gobierno y hasta de nombre, pero no pueden borrar fácilmente la memoria de un pueblo. Crimea es uno de esos lugares. Para Rusia es una posición militar estratégica y una pieza central de su proyecto imperial. Para Ucrania es territorio ocupado. Pero para los tártaros de Crimea es algo todavía más profundo: es su patria histórica, el lugar al que regresaron después de una de las deportaciones más brutales del siglo XX y donde, desde hace siglos, construyeron su identidad política, cultural y religiosa.

Decir que Crimea es tártara y ucraniana no significa afirmar que la península pertenece exclusivamente a una etnia. Significa distinguir dos cuestiones que Rusia intenta mezclar: Crimea es la patria histórica del pueblo tártaro de Crimea y, al mismo tiempo, forma parte de Ucrania según el derecho internacional. La historia de los tártaros explica por qué la ocupación rusa de 2014 no fue solamente un cambio de administración territorial. Para buena parte de ese pueblo significó volver a quedar bajo el dominio de la potencia que durante siglos había intentado expulsarlos, asimilarlos o controlar su identidad.

La cuestión central no es qué Estado incorpora más símbolos tártaros a su discurso, sino cuál reconoce a los tártaros como sujeto político con instituciones propias y capacidad de decidir. Ese criterio permite evaluar las políticas de Moscú y Kyiv sin confundir gestos culturales, nombramientos individuales o declaraciones públicas con derechos colectivos efectivos.

El Estado tártaro de Crimea se consolidó en 1441 con el Kanato de Crimea, surgido tras la fragmentación de la Horda de Oro. Durante más de tres siglos desarrolló instituciones, relaciones diplomáticas, una estructura militar y una cultura propia. Su capital, Bakhchysarai, fue el centro político y cultural de los tártaros de Crimea, y el palacio de los kanes, el Hansaray, todavía es uno de los principales símbolos de esa historia.

En 1783, Catalina II anexó Crimea al Imperio ruso, y la relación con Rusia cambió radicalmente. No fue una simple modificación de fronteras. En las décadas siguientes, las guerras ruso-turcas y luego las consecuencias de la Guerra de Crimea aceleraron la emigración masiva de tártaros hacia el Imperio otomano. Mientras una parte importante de la población abandonaba la península, avanzaba la colonización rusa.

La tragedia mayor llegó mucho después. En la madrugada del 18 de mayo de 1944, más de 32.000 efectivos del NKVD rodearon simultáneamente cada pueblo y ciudad tártara de Crimea. A las familias se les dieron apenas quince o veinte minutos para reunir sus pertenencias antes de ser conducidas a las estaciones y encerradas en vagones de carga y de ganado, sesenta personas por vagón, sin que nadie les explicara su destino. En 67 trenes, alrededor de 190.000 personas —cifra oficial soviética; fuentes tártaras hablan de más de 238.000— fueron deportadas a Asia Central, principalmente a Uzbekistán. Como muchos hombres servían entonces en el Ejército Rojo combatiendo contra la Alemania nazi, la operación recayó casi exclusivamente sobre mujeres, niños y ancianos. Las condiciones del transporte y de la vida en el exilio provocaron una enorme mortalidad durante los primeros años.

El viaje duró semanas, en vagones sellados, sin agua suficiente, sin comida ni atención médica. Quienes morían en el trayecto eran bajados de los vagones en las paradas. La deportación no terminó cuando los trenes llegaron a destino: el hambre, las enfermedades, el trabajo forzado y las restricciones de movimiento siguieron diezmando a una población castigada colectivamente bajo la acusación soviética de colaboración. No fue solo un traslado territorial, sino un intento deliberado de desarticular a la comunidad como pueblo: los soviéticos cambiaron nombres de localidades, borraron referencias a la presencia tártara, abandonaron o destruyeron cementerios y restringieron durante décadas el regreso. En 2015, la Rada Suprema de Ucrania reconoció estos hechos como un acto de genocidio.

Según un censo detallado e investigaciones comunitarias realizadas por activistas tártaros de Crimea en la década de 1960, casi la mitad de los más de 238.000 deportados fallecieron debido a la inanición, las pésimas condiciones higiénicas del traslado en vagones de ganado, los brotes de tifus y el clima extremo en el exilio (principalmente en Uzbekistán) durante los primeros años.

Los registros de los archivos desclasificados del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) de la URSS documentan una parte temprana de esa cifra: unas 10.105 personas murieron por inanición y enfermedades solo entre mayo y noviembre de 1944 en Uzbekistán. La mortalidad continuó en los años siguientes, bajo el estatus de "asentamientos especiales", hasta alcanzar la cifra total ya mencionada hacia 1947.

Por eso, durante la Perestroika, el regreso adquirió una dimensión política. A fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, miles de tártaros volvieron a Crimea. En 1991 reconstruyeron el Kurultai, su asamblea nacional, y el Mejlis, su órgano representativo. No regresaron solo para recuperar casas o tierras, sino para reconstruir una comunidad política.

Ahí aparece una diferencia categórica con el relato ruso. Cuando Ucrania declaró su independencia en 1991, los principales representantes tártaros apoyaron la decisión. En el referéndum del 1 de diciembre, el respaldo a la independencia ucraniana expresó la expectativa de que el nuevo Estado ofreciera una alternativa democrática frente al viejo poder soviético y mayores posibilidades de reconocimiento para sus derechos nacionales. No tuvieron que esperar a la anexión rusa de 2014 para definir su orientación política: sus principales organizaciones ya habían vinculado el futuro de Crimea con una Ucrania independiente más de dos décadas antes.

Tampoco la resistencia comenzó con la aparición de los primeros soldados rusos. El 26 de febrero de 2014, antes de que la crisis desembocara formalmente en la anexión, miles de tártaros de Crimea y defensores de la integridad territorial de Ucrania se concentraron frente al Parlamento regional en Simferópol, convocados por el Mejlis. Buscaban impedir que las autoridades regionales avanzaran hacia la separación de Ucrania. La jornada quedó como uno de los primeros grandes actos de resistencia a la ocupación y, desde 2021, Ucrania la conmemora oficialmente como el Día de la Resistencia a la Ocupación de Crimea y Sebastopol.

El episodio muestra algo que suele perderse en las estadísticas posteriores: los tártaros no recibieron la ocupación rusa con los brazos cruzados ni adoptaron esa posición porque Kyiv se la impusiera. Salieron a la calle cuando todavía podían hacerlo públicamente, llamaron a defender la integridad territorial ucraniana y organizaron estructuras de autodefensa. Cuando Rusia tomó la península, el Mejlis también llamó a boicotear el referéndum organizado bajo ocupación. La comunidad, en su mayoría, rechazó reconocer la anexión.

La respuesta rusa llegó rápido. Vladimir Putin intentó presentar la anexión como una oportunidad de reconciliación con el pueblo que la Unión Soviética había deportado. El 16 de mayo de 2014, apenas semanas después de la ocupación, les dijo a los tártaros de Crimea q

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