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El nuevo poder aéreo de Sudamérica: ¿reequilibrio militar hacia los estándares de la OTAN?
hace 4 horas
14 min de lectura
Por Juan Pablo Toro - Senior Fellow de AthenaLab.
El nuevo mapa aéreo sudamericano
Con el desierto más árido del mundo como telón de fondo, una coalición aérea enviada desde “Blue land”, con mandato de las Naciones Unidas, se enfrenta a las fuerzas de “Red land”, que han agudizado la crisis humanitaria que ya vivía “Green land” al invadirla para concretar la “reintegración histórica” de territorios. El país agresor es gobernado por el eterno presidente “Vitaly Mirov” que dentro de su arsenal cuenta con aviones Su-27 y YAK-130.
Con la participación de aeronaves de Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Paraguay y del país anfitrión, Chile fue sede el ejercicio aéreo multinacional Salitre entre junio y julio, el más importante de la región, donde las fuerzas aéreas participantes se entrenaron en operaciones combinadas, misiones aire-aire y de ataque a tierra, a la vez que probaron su capacidad para trabajar dentro de estructuras de mando y control coordinadas empleando planificaciones y procedimientos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
En su quinta edición, el ejercicio se realizó en un contexto muy diferente al de su versión inicial de 2004. A nivel global, hoy se observan dos grandes conflictos en el Medio Oriente y en Europa, donde el poder aéreo es fundamental para golpear objetivos a distancia y proteger activos militares fijos y móviles. Mientras en Sudamérica algunas fuerzas están renovando sus vetustas flotas de cazas, mejorando sus capacidades tecnológicas existentes incorporando el dominio espacial en sus operaciones y fortaleciendo su logística.
El primer despliegue internacional de los F-39 Gripen E/F brasileños,[1] producidos en conjunto por el fabricante aeronáutico Embraer y la sueca Saab, refleja bien este impulso hacia la adquisición de material militar en la región. Otros ejemplos elocuentes son: Argentina compró F-16 de segunda mano provenientes de la Fuerza Aérea danesa, con entregas iniciadas el año pasado y vuelos de prueba ya en curso; Perú aprobó recientemente un plan de compra de F-16; y Colombia se prepara para recibir cazas Gripen durante los próximos seis años. Chile, el mayor operador de F-16 de América del Sur, se apresta a retirar su flota de F-5, lo que podría derivar en la adquisición del Block 70, el modelo más avanzado del F-16.
Este último país, además, ha vivido una intensa temporada de operaciones conjuntas que incluyó este año el reabastecimiento en vuelo de dos F-35 estadounidenses por parte de su KC-135 Stratotanker,[2] mientras escoltaba a esas aeronaves rumbo a una exhibición aérea en Santiago, maniobra que repitió con F-16 venidos a Salitre V. También ha aprovechado el ejercicio para emplear nuevas capacidades satelitales en conjunto con sus pares norteamericanos.
Mirados en conjunto, estos desarrollos tienen amplios alcances en términos de consolidación de alianzas estratégicas para Chile, en el marco de un avance regional más amplio hacia la integración del poder aéreo bajo estándares compatibles con los de la OTAN. Pero a la vez, obliga a pensar en cómo Latinoamérica avizora el desafío de proteger sus cielos.
En la actualidad, no se percibe una amenaza directa a la región en su conjunto y el potencial de conflictos armados interestatales es bajo, dado que las disputas territoriales pendientes suelen resolverse por la vía diplomática o ante tribunales internacionales. De hecho, los últimos combates aéreos se registraron en 1995, durante la breve guerra entre Ecuador y Perú por un territorio amazónico. La Fuerza Aérea ecuatoriana dio cuenta del derribo de un A-37B Dragonfly y dos cazabombarderos Su-22 peruanos por parte de sus pilotos de Kfir y Mirage F1, respectivamente, aunque desde Lima arguyen que los Sukhoi fueron víctimas de fuego antiaéreo y fallas técnicas.
Desde entonces, las fuerzas aéreas locales han concentrado sus operaciones en el bombardeo de campamentos insurgentes, en el caso de Colombia y Perú, y en la interceptación de avionetas sospechosas de transportar drogas que no responden a los canales de comunicación. En algunas ocasiones, estos dos países, al igual que Brasil y Venezuela, han derribado naves en vuelo, en una práctica que, por lo general, no requiere cazas sino turbohélices.
Como sea, la aspiración regional a un mayor y mejor poder aéreo es geopolíticamente significativa, pues coloca a cinco países vecinos de América del Sur en condiciones de alcanzar estándares de interoperabilidad con la OTAN tras décadas de manejar flotas heterogéneas. De hecho, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, general Hugo Rodríguez, afirmó en el contexto de Salitre V, que uno de los objetivos era “hablar un lenguaje común” y ese lenguaje es el mismo que emplea la Alianza Atlántica.
También las nuevas adquisiciones llevan a pensar en cómo se reconfigurarán los equilibrios regionales en el dominio aéreo.
Este proceso también puede interpretarse como parte de un reajuste más amplio de la arquitectura de seguridad hemisférica. Estados Unidos ha buscado reconstruir una estrategia de seguridad para América Latina basada en socios regionales más capaces, interoperables y equipados con sistemas occidentales, fortaleciendo así la cooperación militar de largo plazo sin necesidad de ampliar formalmente la OTAN hacia la región.[3]
Durante décadas, Chile gozó de una superioridad única gracias a sus F-16, asistidos por aviones de alerta temprana E-3D Sentry y de reabastecimiento KC-135 Stratotanker, frente a sus vecinos Argentina y Perú, que ahora sumarán una flota de combate de capacidad casi equivalente. Colombia, por su parte, reducirá su disparidad frente a Venezuela y su veintena de Sukhoi Su-30MK2 y antiguos F-16, aunque en la práctica estos últimos no hicieron nada para interceptar a las aeronaves estadounidenses que ingresaron a Caracas para capturar al dictador Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.
Chile: el operador experto del F-16
Chile es ampliamente reconocido como el ejemplo más logrado de transición desde una flota mixta hacia una dominada por un único caza occidental moderno. A comienzos de la década del 2000, modernizó su aviación de combate con rapidez, reemplazando el F-5 estadounidense, el Hawker Hunter británico y el Mirage francés, todos en algún momento operados por fuerzas aéreas miembros de la OTAN y conformes con sus acuerdos de estandarización (STANAGs). El paso al F-16 simplificó la logística y abrió la interoperabilidad con fuerzas amigas, en especial con Estados Unidos, con quien la Fuerza Aérea de Chile (FACH) ha cultivado sólidos lazos.
Integrarse al ecosistema del F-16 amplió el acceso chileno a una extensa base global de usuarios, lo que facilita las actualizaciones de las células, del armamento (sistemas tipo AMRAAM y JDAM) y el acceso a escuelas de entrenamiento junto a contrapartes de la OTAN. La actualización M6.6 que actualmente desarrolla Lockheed Martin[4] sobre la flota de F-16 MLU mejorará el radar y los sensores de aviónica, llevando la ya consolidada experticia de la FACH a los más altos niveles de disponibilidad operacional.
El siguiente paso es el retiro de la flota F-5 Tiger III desplegada en el sur del país, lo que abrirá la puerta a opciones de reemplazo que probablemente conduzcan al modelo Block 70/72, permitiendo a Chile contar con una flota enteramente integrada de más de 55 F-16. De todas formas, el gobierno y la FACH han hecho referencia a un reemplazo en el mediano plazo, sin mencionar el Block 70 y tampoco descartando otras alternativas.[5]
Realineamiento de Perú y Colombia
La adquisición por parte de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) de 24 nuevos F-16 en variante Block 70, sacudió el escenario regio
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