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Provocar sin disparar: cómo Rusia pone a prueba a la OTAN en el este de Europa
hace 20 horas
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Los incidentes se acumulan en la frontera oriental europea y dejan una conclusión difícil de esquivar: para tantear a la OTAN, Rusia no necesita abrir fuego. Le alcanza con multiplicar los episodios y refugiarse en la posibilidad de negarlos. Ninguno, tomado solo, equivale a una guerra, pero sumados someten al flanco este de la Alianza a una presión sin pausa.
Hasta ahora no hay pruebas públicas de que Rusia prepare una ofensiva convencional contra la OTAN. Lo que sí se observa es que Moscú y Minsk provocan, aprovechan o amplifican hechos que empujan a Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia y Polonia a reaccionar cada vez más cerca del punto de quiebre.
Conquistar territorio no tiene por qué ser la meta, ya que, tras las bajas y el mal rumbo de su invasión a Ucrania, Rusia no cuenta con fuerzas para eso. Le puede bastar con obligar a otros a desplegar tropas, mantener aviones de combate en alerta, blindar fronteras, cerrar el espacio aéreo, perseguir redes clandestinas y explicarle a su gente por qué debe prepararse para una guerra que parece aproximarse, aunque nadie haya cruzado todavía la línea.
El hecho más reciente sucedió entre el 5 y el 6 de octubre, en el límite entre Letonia y Bielorrusia. Las Fuerzas Armadas letonas cuentan que hombres armados y con el rostro cubierto llevaron al menos a veinte migrantes hasta la línea, intimidaron a los soldados y los empujaron hacia el otro lado. Poco después, otro grupo cruzó por un momento, rompió un tablero eléctrico y se llevó cámaras. Riga lo interpretó como algo más que presión migratoria: una provocación de carácter militar y de seguridad.
El gobierno letón afirma que Bielorrusia organiza el flujo de personas. Mostró imágenes de vehículos militares que trasladaban migrantes y registros que, según Riga, probarían la participación de funcionarios de Minsk. En agosto, la Guardia Fronteriza descubrió dos túneles: por uno habían pasado quince personas y en el otro se detuvo a veintiocho. Su jefe, Guntis Pujāts, opinó que sería difícil que se hubieran excavado sin que las autoridades bielorrusas lo supieran. Minsk niega todo, pero tampoco ayuda a aclararlo.
La presión recorre todo el arco báltico. Lituania encontró otro túnel en julio y Estonia endureció los controles sobre su límite con Letonia por el aumento de ingresos ilegales desde el sur. Entre los detenidos figuraban personas de Somalia, Etiopía, India, Pakistán y Bangladés, cuya presencia en Bielorrusia difícilmente sea casual.
Para los gobiernos de la región, esos flujos no existirían sin la tolerancia, o la colaboración directa, de los rígidos aparatos policiales y fronterizos de Rusia y Bielorrusia. Después de que la UE endureciera sus sanciones a Minsk en 2021, Bielorrusia otorgó visas turísticas a ciudadanos de Oriente Medio y África a través de agencias ligadas al Estado, que organizaban los vuelos a la capital, según documentos que Polonia y Lituania mostraron a Reuters.
Los migrantes llegaban con papeles auténticos, muchas veces en vuelos de la aerolínea estatal Belavia con escala en Emiratos Árabes Unidos, Turquía o el Líbano. Hasta 2025 también podían ingresar desde Rusia con visas emitidas por ese país, lo que apunta a una coordinación entre Moscú y Minsk.
La conclusión resulta difícil de refutar: miles de personas sin permiso para entrar a la UE atraviesan una frontera vigilada, se cavan túneles a pocos metros de la línea y llegan grupos escoltados por hombres armados que guardias y militares bielorrusos trasladan en vehículos del Ejército. Lituania ya acudió a la Corte Internacional de Justicia apoyándose en declaraciones del propio Lukashenko, según las cuales el flujo se organizó como represalia contra la UE; Bruselas lo califica de ataque híbrido. Cada pieza admite una explicación aislada, pero en conjunto configuran una amenaza híbrida que se mantiene por debajo del umbral que activaría una respuesta militar de la OTAN.
En el cielo la amenaza es más directa. El 20 de agosto, un avión de inteligencia ruso, Il-20, se internó unos nueve kilómetros en el espacio aéreo finlandés durante cerca de tres minutos, según la Guardia Fronteriza. Helsinki citó al embajador ruso y le recordó que ya había registrado hechos parecidos en mayo y junio.
A lo largo del año, las defensas aéreas bálticas detectaron vuelos rusos con los transpondedores apagados, sin plan de vuelo y sin contacto con los controladores civiles. En junio, aviones de la OTAN despegaron varias veces para interceptar aparatos que iban hacia Kaliningrado o regresaban de allí.
El antecedente más serio es de septiembre de 2025: tres MiG-31 rusos pasaron unos doce minutos dentro del espacio aéreo estonio, sobre el golfo de Finlandia, con los transpondedores desactivados. Tallin solicitó consultas según el artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte, y Moscú negó haber violado nada.
En septiembre de este año, cazas italianos derribaron sobre Lituania, un dron ruso Gerbera cargado con explosivos que había entrado desde Bielorrusia. El presidente Gitanas Nausėda explicó que se trataba de un aparato empleado contra Ucrania y desviado de su ruta. La víspera, otro Gerbera con una ojiva activa había aparecido frente a la costa polaca. Polonia y Lituania iniciaron una investigación conjunta sobre su trayectoria. La lista de episodios crece con el paso de los meses.
Lo preocupante no es solo dónde acabaron esos aparatos, sino que artefactos rusos armados lleguen al territorio o al espacio aéreo de la OTAN sin que haya una reacción que los frene. Y que, aunque no apunten a Polonia o Lituania, un error de navegación, una interferencia o una mala decisión pueden terminar en un incidente grave con la Alianza.
A esto se agrega la guerra electrónica. Desde hace meses, las interferencias de GPS castigan al Báltico y a Finlandia y obligan a aerolíneas, barcos y fuerzas militares a moverse sin una navegación satelital confiable. Los gobiernos de la zona culpan a Rusia de buena parte de ellas, aunque demostrar en público el origen de cada señal es más complicado que identificar un avión.
Noruega, que comparte con Rusia 198 kilómetros de frontera ártica, sufre la presión de otra forma: no hay drones extraviados ni migrantes empujados hacia el límite, pero sí una guerra electrónica casi constante. Desde la invasión de Ucrania, las interferencias de GPS originadas del lado ruso se registran casi todos los días sobre Finnmark, en especial para los pilotos que vuelan a Kirkenes, Vadsø y Vardø, según The Barents Observer. A fin de ese mes, la Cancillería afirmó que Rusia mantiene una interferencia casi ininterrumpida que alcanza incluso a los helicópteros ambulancia de la zona.
A eso se suma el aviso del servicio de seguridad PST, que en febrero anticipó, según Reuters, más actividad de inteligencia rusa en 2026, centrada en el Ártico y Svalbard, y advirtió que Moscú podría ver ventajas en el sabotaje. Oslo no informó hechos comparables a los del Báltico, pero el esquema es idéntico: perjuicios que por sí solos no justifican una respuesta militar y que, sin embargo, obligan a gastar en defensa, vigilancia y alerta.
Para Rusia y sus aliados la ventaja es que no hace falta derribar nada. Basta con degradar comunicaciones, forzar el uso de sistemas alternativos, alterar rutas civiles y militares, y mostrar que se puede afectar infraestructura ajena sin cruzar la frontera. Es una forma de proyectar poder relativamente barata y fácil de negar.
El tercer elemento es el sabotaje. El 29 de septiembre, el primer ministro estonio Kristen Michal informó que el servicio de seguridad KAPO atribuyó a la inteligencia rusa el incendio ocurrido en agosto en un edificio que usaba Milrem Robotics, fabricante de vehículos terrestres no tripulados que se envían a Ucrania. Tres sospechosos fueron arrestados en Letonia y
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