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Rusia, la peste y el búmeran de los biolabs

2026-10-13 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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Rusia, la peste y el búmeran de los biolabs

Ignacio Montes de Oca

hace 6 horas

12 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca

Un caso sospechoso de peste, surgido en un laboratorio ruso, encendió las alarmas y el reflejo de quienes atravesaron la pandemia de COVID y todavía recuerdan cómo empezó: una neumonía sin nombre claro y un parte oficial que no decía lo que temía decir. También trajo de vuelta una vieja acusación de Moscú contra Ucrania por presuntas armas biológicas. Los paralelos muestran, otra vez, qué pasa cuando la información llega tarde, editada o a medias.

En marzo de 2022, cuando la invasión de Ucrania acababa de comenzar, el embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia, aseguró ante el Consejo de Seguridad que Kyiv operaba una red de 30 laboratorios biológicos con apoyo del Pentágono. Las transcripciones de la ONU documentan su denuncia sobre experimentos destinados a crear armas biológicas con patógenos como peste, ántrax y cólera. No presentó pruebas, pero la acusación se convirtió en una de las tantas justificaciones del ataque ruso.

El extremo no lo inventó una red social. Lo puso en circulación el teniente general Igor Kirillov, jefe de las tropas de defensa radiológica, química y biológica, en los briefings de aquel marzo: documentos de vigilancia veterinaria presentados como prueba de un complot para llevar patógenos hacia Rusia.

De ahí salió el catálogo que la propaganda del Kremlin llevó hasta el ridículo: palomas entrenadas para saber exactamente dónde estaban las zonas enemigas y esparcir los virus, patógenos que sabían distinguir nacionalidades para infectar específicamente a ciudadanos rusos y murciélagos convertidos en una variante biológica de los drones ucranianos. Nebenzia le recitó el mismo relato al Consejo de Seguridad. Pese al avance ruso, las instalaciones ocupadas nunca mostraron el programa de armas que Moscú había anunciado.

La maniobra funcionó porque no necesitó que Occidente creyera en las palomas. Le bastó una frase ambigua y gente dispuesta a repetirla. En una audiencia del Senado en marzo de ese año, la subsecretaria de Estado Victoria Nuland dijo que Ucrania tenía “instalaciones de investigación biológica” y que Washington trabajaba para que esos materiales no cayeran en manos rusas. Al día siguiente el Departamento de Estado aclaró que hablaba de laboratorios de diagnóstico y biodefensa, no de armas, y la directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, recordó que cualquier laboratorio, incluso uno universitario, maneja materiales sujetos a control.

La aclaración no frenó la repetición. Activistas con acceso al círculo de poder estadounidense, entre ellas Laura Loomer, difundieron el esquema de los laboratorios como un hecho comprobado, ya sin el delirio de los murciélagos y ya con acento local. En junio de 2026, la en ese entonces directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, reabrió el expediente al desclasificar mapas de más de un centenar de laboratorios financiados por Washington, Ucrania incluida, y hablar de patógenos peligrosos. Los papeles mostraban cooperación sanitaria y riesgos de bioseguridad. No mostraban el arma que Kirillov había anunciado. Para entonces daba igual: la acusación ya no necesitaba al general ruso para seguir circulando.

Cuatro años y siete meses después, la muerte ocurrió dentro del sistema que Moscú presenta como seguro y defensivo: una técnica rusa falleció tras trabajar en un instituto creado precisamente para estudiar la peste. El episodio expone una paradoja difícil de ignorar: el país que reclamó inspecciones y explicaciones fuera de sus fronteras ofrece respuestas incompletas cuando la sospecha aparece dentro de las propias.

Repasemos los hechos: Daria Shipilova tenía 28 años y trabajaba en el Instituto Antipeste de Irkutsk, en Siberia. Según los reportes más recientes, el presunto accidente con una muestra habría ocurrido el 25 de septiembre; fue internada el 29 con una neumonía grave en la ciudad de Shelekhov, quedó conectada a un respirador y murió en la madrugada del viernes 2 de octubre. La secuencia temporal coincide en varios medios, aunque las autoridades todavía no confirmaron ni el accidente, ni la causa de la muerte.

El medio regional independiente Lyudi Baikala, citado por The Moscow Times, informó que Shipilova dijo al equipo médico que había roto un tubo de ensayo con bacterias de peste mientras recolectaba muestras. Los datos difundidos este domingo precisaron que fueron identificados 197 contactos y que 189 quedaron bajo observación en establecimientos sanitarios: 114 en un hospital, 63 en otro y 12 en el propio instituto antipeste. Hasta el último parte, ninguno presentaba síntomas y los análisis eran negativos. El hospital de Shelekhov fue puesto en cuarentena.

La reacción oficial fue, como mínimo, esquiva. Las autoridades de Irkutsk hablaron únicamente de una “infección particularmente peligrosa”. La agencia económica, bne IntelliNews, informó que el gobernador de la vecina Buriatia, Alexei Tsydenov, confirmó la muerte sin precisar de qué forma de peste se trataba. Según El Imparcial, primero escribió que la mujer había muerto de peste y luego modificó el mensaje para reducirlo a un caso “posible”. El gobernador de Irkutsk, Igor Kobzev, afirmó por Telegram que los contactos no tenían síntomas y que sus análisis eran negativos, pero, de acuerdo con The Moscow Times, no mencionó la muerte.

La jefa de la sanidad rusa, Anna Popova, viajó más de 4.000 kilómetros desde Moscú para dirigir la respuesta, según El Financiero. La información publicada este domingo agregó que la cuarentena de varias clínicas de Irkutsk se extendería durante tres semanas, que se cancelaron actos públicos y que la planta de aluminio de Irkutsk, en Shelekhov, impuso el uso de mascarillas; vecinos también dijeron que se repartieron barbijos en jardines de infantes.

Días después, Meduza recogió el cierre burocrático del episodio: Rospotrebnadzor sostuvo que no se habían hallado en el cuerpo microorganismos relacionados con la actividad profesional de la técnica, habló de una neumonía de causa no determinada y describió la situación como estable. El parte reemplazó el nombre de la posible enfermedad por una fórmula administrativa, pero no resolvió la cuestión central.

Conviene separar con cuidado lo que se sabe de lo que todavía no se puede probar. Hasta ahora no existe confirmación oficial ni independiente de que la causa de muerte haya sido la peste, ni de cómo se habría producido la infección. La rotura del tubo es la versión más difundida, pero no la única. Medios regionales citados por El Imparcial y por el portal Límite42 hablaron de la mordedura de una rata de laboratorio. Otra hipótesis vinculó el caso con una expedición cerca de la frontera con Mongolia, donde existen focos naturales de la bacteria.

Tsydenov rechazó esa última versión. Según The Moscow Times, dijo basarse en información de Rospotrebnadzor y de su propio gobierno, afirmó que Shipilova no había estado en Buriatia y aseguró que no había brotes de peste en la república ni en las zonas fronterizas con Mongolia.

Algunos reportes pusieron además en duda la explicación del tubo roto por los protocolos de seguridad que deberían regir en estos institutos. El epidemiólogo Mikhail Favorov, citado por Echo, explicó que allí se trabaja con traje protector y que romper una probeta deja una probabilidad baja de contagio; aun así, consideró más probable un error técnico durante el trabajo que una infección en un foco natural. The Moscow Times informó que las fuerzas de seguridad abrieron una causa penal por posibles violaciones de las normas de seguridad con resultado de muerte. Ninguna de esas piezas reemplaza una autopsia pública ni una investigación verificable.

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