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Por qué Irán no colapsa pese a la asfixia de Washington

2026-10-05 · Ignacio Montes de Oca
Pucará Defensa

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Por qué Irán no colapsa pese a la asfixia de Washington

Ignacio Montes de Oca

hace 4 horas

13 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca

A comienzos de octubre de 2026, Irán atraviesa una contradicción que desborda los manuales de la guerra económica. El país muestra un descalabro financiero, energético y social profundo. Nadie duda de que los ataques golpearon con fuerza su economía. Al mismo tiempo, el régimen conserva la capacidad de resistir las presiones de Washington, mantiene un veto sobre el Estrecho de Ormuz y parece tener margen para calcular el calendario electoral estadounidense. Descifremos esa contradicción aparente.

El colapso económico existe. El político también y no llega solo. La pregunta útil no es si Teherán sufre, sino cuánto puede aguantar, qué motivos tiene para hacerlo y quién decide dentro del régimen hasta dónde se llega con esa resistencia.

Las cifras pintan una economía contra las cuerdas. El Fondo Monetario Internacional proyecta una contracción del PIB de entre el 5,4% y el 6,1% en 2026, con una inflación media cercana al 69%. En el primer trimestre del año persa, el Centro Estadístico de Irán registró una caída del 26,4% en las ventas de petróleo y gas.

El bloqueo naval estadounidense dejó las exportaciones marítimas de crudo en un goteo. Kpler y Reuters sitúan las cargas recientes en torno a 220.000-260.000 barriles diarios, frente a más de 1,5-2 millones antes de la guerra. Esa caída borró decenas de miles de millones de dólares de renta estatal. Los daños en South Pars y el corte de envíos de gas a Irak agravaron el cuadro.

La pérdida pegó de lleno a la sociedad. La inflación de alimentos superó el 105-130% interanual, según el Centro Estadístico y reportes de Dow Jones. El rial cotizó en el mercado libre por encima de 2 millones -y en tramos recientes más de 2,3 millones- por dólar, de acuerdo con Reuters y The Washington Post. Antes de la guerra estaba en 1,4/1,5 millones.

El salario mínimo equivale hoy a unos 80-95 dólares mensuales. El Banco Mundial estima que, de unos 86 millones de habitantes, más de 32 millones viven con menos de 8,30 dólares al día. Reuters documentó, además, la pérdida de cientos de miles de empleos. Las estimaciones oficiales del propio Ministerio de Trabajo iraní confirmaron la pérdida de 1 millón de empleos directos y alrededor de 2 millones de empleos indirectos tras los bombardeos que paralizaron los principales centros de producción.

En el plano civil, la Misión de Investigación de la ONU calificó de lesa humanidad la represión de las protestas que empezaron a finales de 2025. No hay un recuento único: el gobierno admitió 3.038 muertos; Iran Human Rights identificó más de 4.200 nombres; listados de derechos humanos atribuyeron al menos 221 de esas muertes a niños. Hubo decenas de miles de detenciones, tortura, ejecuciones vinculadas a las protestas y apagones digitales. La fatiga quedó. El miedo también. El nacionalismo hizo el resto de la tarea de disminuir el reclamo interno.

Irán puede administrar la pobreza y el descontento. Pero no puede inventar nafta refinada ni principios activos si el mar permanece cerrado. El vicepresidente, Mohammad Jafar Ghaempanah, reconoció a finales de agosto, según IRNA y AFP, que la producción interna de gasolina no alcanzaba y que el bloqueo impedía importar el faltante. Iran Open Data estimó un déficit diario de unos 14 millones de litros. Dow Jones situó la producción recuperada en 121-130 millones de litros frente a un consumo de 135-150. The New York Times describió colas nocturnas en las gasolineras. La refinería de Laván quedó fuera de servicio.

En medicamentos, la Asociación de Farmacéuticos habló de decenas de fármacos críticos y, en balances más amplios, de cientos de presentaciones en falta: tratamientos para el cáncer, la talasemia y la diabetes. El Ministerio de Salud, Kyodo y Al Jazeera señalaron que hubo una importante cantidad de fábricas y hospitales dañados en la campaña aérea.

La nafta, los fármacos y la caja en divisas marcan un techo más cercano que el pronóstico de “12 a 24 meses” que circuló al comienzo de la campaña de máxima presión. Aquella cifra, atribuida entonces a lecturas de inteligencia occidental y a firmas de riesgo -y que se ligó a Dow Jones-, describía un margen político, no una garantía de abastecimiento. Dow Jones, en un análisis del 22 de septiembre, fue más sobrio: Irán puede mitigar la crisis; no puede resolverla. Steptoe, en las mismas semanas, resumió el consenso de otra manera: una quiebra económica plena queda a meses o, con más probabilidad, a años. La capacidad de combatir, según esa lectura, se preserva incluso cuando faltan bienes en las casas.

Ese desfase es el punto. Tres fuentes iraníes dijeron a Reuters, a inicios de septiembre, que el país tenía alrededor de dos meses de gasolina. Steptoe calculó que los 29 millones de barriles a flote cerca de Malasia podían durar apenas un mes al ritmo de venta de entonces. The Maritime Executive, con datos de Kpler, situó el agotamiento de los cobros de esa reserva a principios de 2027. Capital Economics, ya en abril, estimó que las divisas accesibles no cubrían más de tres meses de importaciones de preguerra. Son relojes de inventario. No son el reloj del Estado. Pero todos cuestionan una inminencia de derrumbe a muy corto plazo.

El otro reloj lo describió Esfandyar Batmanghelidj en Foreign Affairs y en The Washington Post: el régimen descarga el golpe sobre los hogares, conserva reservas acumuladas por años de sanciones y piensa como un boxeador inferior que busca agotar al rival en doce asaltos. Foreign Policy añadió que no hay señales de un colapso fiscal inminente y que las reservas de oro -unos 45.000 millones de dólares, según esa lectura- alcanzarían para cubrir varios años de comida y fármacos básicos.

El presidente Pezeshkian advirtió, aun así, que Washington busca un “colapso social”. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, lo dijo más crudo: por mucha fuerza militar que haya, un pueblo hambriento y sin circulación financiera no resiste. El plazo de uno o dos años no es, entonces, un salvoconducto. Describe la probabilidad de que el aparato -la IRGC, los bancos, las raciones, los túneles- siga en pie mientras se vacían tanques y farmacias. El régimen puede racionar y alargar colas. No puede sostener para siempre un Estado que importa lo que no refina. La pregunta abierta no es si hay margen. Es cuál de los dos relojes vence primero: el de la caja o el de la voluntad de quienes mandan.

El bloqueo no capturó, sin embargo, el petróleo ya estacionado fuera de Ormuz. Kpler, citado por The Maritime Executive, estimó que el crudo iraní a flote bajó de unos 192 millones de barriles a mediados de abril, a cerca de 80 millones a finales de agosto. Reuters y Fox News situaron entonces casi 40 millones cerca de Malasia. Los recuentos de septiembre, recogidos por Steptoe y The Washington Post, dejaron el remanente más líquido en torno a 29 millones. Esa es la foto actual: un colchón que se encoge pero que podría resistir por algunos meses.

La crisis encareció cada barril que queda. El monitor del Estrecho de Ormuz situó el Brent, el 27 de septiembre, en unos 97 dólares, un 35% por encima del entorno de 72 dólares de febrero. En sesiones de esta semana el Brent tocó o superó los 100-104 dólares, según Reuters y MarketScreener. A 97 dólares, esos 29 millones de barriles equivalen a unos 2.800 millones. Con el descuento chino de 10 a 12 dólares por barril que estima UANI, el cobro efectivo ronda los 2.500 millones. No sustituye a Kharg. Alcanza para semanas o pocos meses de importaciones esenciales. Esos meses son la apuesta a favor de resistir las presiones.

Quien cobra no es un ministerio anónimo. Reuters atribuyó al IRGC y a sus afiliados cerca de la mitad de las exportaciones petroleras, a través de empresas pantalla y de la flota sombra.

Bajada

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